A veces llegás a pensar que ya viste todo, que ya nada te puede sorprender, pero es entonces cuando viene la vida al galope y te demuestra que, sin importar cuántos años tengas, no sos más que un pichón del cosmos al que todavía le faltan varias reencarnaciones para empezar a entender que en realidad no sabe nada.
No hace mucho, mientras esperaba un colectivo, vi aparecer un simpático perrito, salido de quién sabe donde, de grandes orejas y cola bamboleante, ajena a presiones laborales y realidades inflacionarias. Exploró un rato el área y luego se sentó por ahí cerca, como haciendo una larga pausa. Al rato, cuando llegó el bondi (indigestado de trabajadores y estudiantes, como buen lunes a la mañana) no tuve necesidad de despedirme: apenas me subí, un rayo cuadrúpedo lo hizo detrás. Fue tal la velocidad del pequeño can que prácticamente nadie lo vio entrar y escabullirse entre los pies de la marea humana.
Sin decir nada me ubiqué por ahí cerca, a la espera de la reacción colectiva. Al ratito comencé a escuchar un murmullo alborotado, hasta que una señora le dijo al chofer:
- Estee... señor, hay un perro en el colectivo
- ¿Un qué?
- Un perro
- Pero cómo va a haber un perro en el colectivo, señora...
- Y bueno, hay uno ahí atrás. Nadie sabe de quién es.
Con gran rapidez mental, el chofer tiró:
- En la próxima parada se tiene que bajar. No me pagó el boleto.
Luego de la risa general, algunos empezaron a guiar al perro hacia la puerta para que saliera. Pero el animal se tomó su tiempo, así que hubo que esperar dos paradas más. Finalmente se bajó y se fue, como si a eso de tomarse el colectivo lo hiciera todos los días. Le faltó tocar el timbre nomás.
Por supuesto, todos quedamos con la boca abierta, pero ninguno como el tipo que estaba esperando en esa parada y vio que del bondi bajaba un perro. Era una expresión muy difícil de describir, pero supongo que corresponde a quien le cambiaron las reglas del universo y no le avisaron.